La Pradera de San Isidro no se distingue tanto por la fiesta o por las tradiciones espectaculares. Es más bien el ambiente de las calles cercanas a la Pradera, con sus puestos de comida, de ropa, de flores, de botijos que suenan como periquitos. Son las familias vestidas de chulapos, desde el abuelo hasta el bebé. Son los vendedores de barquillos haciendo girar la ruleta. Es la pradera misma, llena de manteles de cuadros rojos, gente sesteando, bebiendo, gente viendo pasar gente. Son los concursos de chotis, la pequeña feria improvisada, las colas para recibir el agua bendita, los atascos, las sonrisas relajadas, los perros jugando en los parques. También son los mariachis tocando rancheras, los extranjeros haciendo fotos, las estatuas humanas en mitad de la calle. Si hay un día en el que festejar la pluralidad de Madrid es éste. El cielo de Madrid está hecho de muchos colores y miradas, y eso es lo que le hace tan azul, tan especial.